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No me gusta esperar, me molesta esperar, odio esperar… pero esperar a veces nos da tiempo para mirar, par observar la ciudad, esa ciudad que insiste en pasar el día a 200 kms por hora casi sin respiro ni piedad.

El semáforo se poner en rojo y ahí sale él con su disfraz precario, pocas deben ser más tristes en la vida que un payaso triste, se nota que no es payaso por naturaleza, tal vez lo sea por vocación, por necesidad o por placer. Pero no tiene gracia en sus movimientos, regala más pena que sonrisas.

En la mesa entre sorbo al café cortado y miradas al Olé sigo esperando, el semáforo en verde lo aprovecha para ordenar sus cosas para el próximo show, en el anterior en los malabares se le cayeron dos clavas  y una pelotita de color rojo se fue abajo de un auto.

Mientras mi café se enfría observo como se saca el sombrero y saluda, va a comenzar la función, intenta lanzar su sombrero al aire y pararlo con su cabeza pero no lo logra… el sombrero queda dando vueltas frente a una 4 X 4.  En el Olé leo como San Lorenzo hizo malabares para contratar a Caruso Lombardi como técnico, indudablemente en el mundo que vivimos, los dirigentes corruptos de fútbol tienen más habilidades que los artistas.

Una señora viene caminando con su hija por la plazoleta, el payaso se apresura a sacar un globo verde, li infla y arma velozmente una figura… ¿ Un pájaro?, ¿Una foca?… un elefante!… no, los elefantes no hacen el sonido con el que está intentando cautivar a la nena… no ladran.  ¿Cómo no pude darme cuenta que era un perro?.

La nena se va llorando y pienso si la madre no le habrá comprado el perro por desinterés o por respeto al arte, las lágrimas que mojaban sus mejillas me hacen pensar que tan mal hecho no estaba el animal, que a los ojos de un chico era el mejor perro del mundo.

En este semáforo tuvo más suerte, unos chicos que van en un Ford Falcon con una escalera sobre el techo llenan su sombrero gastado con monedas, y desde atrás de un auto moderno un chico sacó la mano y colocó un billete. Me alegro por el payaso, la constancia da sus frutos.

Llevo en 15 minutos me dicen por SMS…

comienzo a pedir la cuenta y a apurar el Olé, a ver si en las páginas de atrés encuentro algo interesante, que hasta ahora no vi nada nuevo.

Y el payaso triste encaró una buena racha, se le nota en la cara, a pesar de no poder sacar ninguna sonrisa a los automovilistas, al final de cada semáforo vuelve con una sonrisa a dejar monedas en su mochila.  Va tomando confianza y eso es clave en la vida de un artista, no llegará muy lejos, pero mejorará en su trabajo.

En la vereda de enfrente una chica lo mira, está sucia, tiene una zapatillas gastadas que alguna vez fueron blancas, tal vez, tan blancas como su sonrisa impecable. Los ojos son de un negro impactante que a la distancia, yo puedo apreciarlos, al pelo no le vendría nada mal un shampoo.

Un señor pasa caminando a lado de ella y la mira mientras con la cabeza dice “no”… seguro que la nena le pidió una moneda, o algo para comer… algo, pero la respuesta fue clara, un NO con un movimiento tan seco y certero que si lo hiciera Cristiano Ronaldo ante una pelota estaríamos hablando de un golazo.

La nena cruza por atrás del payaso mientras el semáforo en  rojo abrió una nueva función, él le hace una reverencia con el sombrero marcando su paso, ella sonríe y sigue caminado, el payaso vuelve al show, pero en esta función no hay monedas.

Cuando vuelve a la vereda se queda hablando con la niña y en sus movimientos ahora si se nota el amor, la comprensión, la ternura… mete la mano en la mochila y saca un globo rosa, lo infla y trata de darle forma, está vez no hay forma de no acertar, una flor… el pétalo de arriba es más grande que el de la derecha y así con todos, no hay simetría en sus hojas, se saca el sombrero y con una reverencia galana le entrega la flor a la nena, que no le da una moneda, ni un billete… le regala un sonrisa blanca y sincera.

Mientras dejo la propina sobre la mesa veo una dama elegante caminado con una flor rosa en la mano por un parque, ella va feliz, imponente… la gente se asombra a su paso, en esta ciudad parece no haber lugar para una persona feliz.   Mucho menos para una persona feliz con una flor en la mano.

Me paro en la esquina a esperar que llegue el auto, desde la distancia, veo que la nena levanta su mano antes de doblar la esquina y saluda al payaso que responde con los dos brazos en alto diciendo adiós. Ella lo mira, el le sonríe.

Mientras cierro la puerta pienso que en Buenos Aires dos personas se juntaron, se miraron, se rieron y se hicieron felices. Una se fue con una flor y el otro con el corazón lleno.

Y yo, con una sonrisa en la boca que me regaló el payaso, después de todo.. tan malo no era haciendo su trabajo, conseguía sacar risas en los semáforos.

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