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El restaurante tiene velas, cuadros feos pero modernos y la música acompaña con mucho estilo lo patético del lugar, Palermo es así y no me siento cómodo ante ciertas modas, los vinos tinto van cayendo uno tras otro en una mesa de tres, dos locales y yo, que estoy de vuelta en Baires después de dos años afuera.

No solemos tener conversaciones muy lúcidas ni serias, la política, la religión y hasta la informática son temas que pasan en pequeños bocados generalmente para ser ridiculizadas, cuando nos juntamos preferimos el absurdo como forma de comunicación, pero esta noche, el vino, nos llevó al camino del recuerdo.

Y entonces era inevitable llegar en algún momento a esos juegos que nos hicieron sentir grandes y que hoy, con el paso de los años, nos hacen sentir boludos. El “ring Raje”,  “la botellita”, “verdad consecuencia”  fueron sin dudas en su momento la excusa para hacer travesuras, dar un beso, o confesar sentimientos ante una chica.

Siempre hay uno que la termina jodiendo… y con las copas medio vacías se escuchó un

– ¿Y si los jugamos ahora?

Lo realmente preocupante es que ante una pregunta tan idiota como esa, pasados los 30 años, ninguno de los presentes se haya detenido a pensar si era acorde a la madurez que la sociedad requiere salir a jugar, por el contrario, apuramos el poco vino que quedaba en las copas, pagamos y como cuando éramos chicos, salimos a la calle a jugar…

El primer juego iba a ser el Ring Raje, pero no podíamos dejar de analizar  el entorno como cuando éramos chicos para que nada saliera mal, buscamos una calle con un edificio cerca de la esquina para que el escape sea seguro, oscura para ayudar al anonimato, poco poblada para evitar los testigos.

Con un “piedra, papel o tijera” decidimos quién iba a ser el que pusiera las dos manos bien abiertas sobre todos los timbres del edificio, el beneficiado – hubiera jurado que iba a elegir piedra y perdí- tras una breve ceremonia dijo “Ahora”…

Tocó los timbres y salimos corriendo hacia la esquina elegida y cuando estábamos justo en la última curva vislumbrando el éxito un chaleco naranja y una gorra de policía se nos pone delante con un brazo estirado y nos dice:

– ¿Qué están haciendo?

Nos miramos los tres y la respuesta fue a coro

– Jugando al Ring Raje…  (en el fondo se escuchaban varios “hola… hola” que salían del portero.

Hasta ese momento nadie se había reído, pero la cara del policía fue el detonante de unas risas entre idiotas y cómplices que no había forma de cortar…

– Muchachos… están grandes para eso…

Le contamos al policía como habíamos llegado a eso, como planeamos el ataque a los porteros eléctricos y como elegimos la calle… también le recriminamos que nos haya arruinado un plan perfecto con su aparición, a esta altura, el agente de la federal ya se reía con nosotros.

Nos dejó seguir bajo promesa de no volver a jugar al Ring Raje, tampoco nos importaba volver a hacerlo, ya estaba hecho, ya habíamos recordado esas sensaciones que teníamos cuando  lo hacíamos que van desde la emoción al miedo en una carrera corta, y nos habían atrapado brindándonos una emoción extra que no habíamos tenido en cuenta.

Volvimos a la zona de los bares y caminamos un rato en busca del otro objetivo, encontrar una botella vacía lamentablemente fue fácil, si no hubiera sido tan simple el proyecto era comprar una y tomarla,  las cosas no siempre salen bien.

Botella en mano nos faltaban las mujeres, no es tarea sencilla para tres feos y tontos como nosotros conseguir mujeres en situaciones normales imaginen un miércoles a la noche en Palermo… cerca de las 2 de la mañana.

Pero los dioses no siempre son esquivos y a unos 100 metros vimos que venían tres chicas (muy lindas por cierto) de nuestra edad caminando, acá no hizo falta el “piedra papel o tijera” para decidir quién las frenaba, así que mis guardaespaldas se pusieron uno a cada lado.

Tenía menos de dos minutos para contar la historia, cautivarlas con el relato y convencerlas para jugar, en Buenos Aires no corrían por esa época tiempos dónde uno pudiera andar tranquilo y las minas se podían espantar antes del final de la historia…

El relato fue breve y galante, puse lo mejor de mi para que el “si” fuera instantáneo pero cuando lo cerré un largo silencio se generó entre los seis cuerpos… la que estaba en el medio me mira y me dice:

– ” Estoy casada…”

– Yo también!… y mi esposa embarazada y en España… no estamos buscando cuernos, estamos buscando revivir la sensación que teníamos en los “asaltos” cuando jugábamos a “la botellita”

– Yo juego!… dijo una de ellas

– Yo también se sumó la otra…

A la casada ya no le quedaba más remedio que asumir el futuro mientras nos intercalábamos para quedar uno y una en una ronda en el medio de la vereda.

la botella giró bien fuerte y las risas siguieron aún después que se detuvo apuntando a dos que salieron hacia atrás de un árbol cercano, en realidad él la tomó de la mano y se la llevó ante el asombro de los otros cuatro, cuando nadie los veía se escucho la frase

“Yo no te doy el beso… pero vos no le digas a nadie”.

Y volvieron las carcajadas.

La noche terminó cerca de las 5 en una mesa de un bar lo seis hablando, pero  al otro día temprano algunos tenían que ir a trabajar, el “verdad consecuencia” lo jugamos con una botella de vino en el medio y después hubo torneo de “payana” y cuando nos despedimos sabíamos que ya nos nos íbamos a ver nunca más…

Ellas se subieron a un taxi, nosotros al auto, sobre la calle Serrano se podía ver una rayuela dibujada…

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